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Un Disparatado cuento de Hadas y Gigantes que nos contó tío David

En antaño, los niños no eran tan inteligentes, buenos y sensibles como ahora. Ir a clase se consideraba una maldición, aun se consumían confites, las vacaciones seguían estando en boga y los juguetes no servían para aprender matemáticas, ni los libros de cuentos para enseñar química o navegación. Era una época curiosa, y en ella existió un chico muy perezoso, glotón y travieso que sería inconcebible en los tiempos que corren. Su padre y su madre eran

….bueno, tanto da;   y él vivía…., bueno, tampoco importa.

Se llamaba señor Fueralibros   y parecía ser de la extraña opinión de que sus ojos solo servían para mirar por la ventana, y que el único afán de su boca era comer. Este caballerete odiaba la escuela como si fuera mostaza, cosas las dos que le hacían llorar, y las horas que estaban en clase se la pasaba con los ojos clavados en los libros, fingiendo hacer algo, mientras su mente estaba muy lejos, pensando en la cena y meditando donde podría conseguir dulces, pasteles, helados y jaleas, mientras chasqueaba los labios con sus pensamientos (…)

Cada vez que el señor fuera libros hablaba, era para pedir algo, y continuamente le oías, en su quejambroso tono de voz; “Papá, ¿puedo coger ese trozo de pastel? Tía Sarah, ¿me das una manzana?

¡Mamá, ponme todo el budín de ciruela!”. También era frecuente que no le pidiera permiso a nadie para atiborrarse. En poco se diferenciaban sus sueños de sus horas de vigilia, pues a menudo la escuela le provocaba pesadillas, fantaseando que le asfixiaba el léxico griego, o al salir de la escuela le recibía un chaparrón de gramáticas inglesas, y una noche se imaginó que se sentaba dispuesto a devorar un inmenso plumcaque, ¡y de pronto se transformaba en un diccionario de latín!

Una tarde el señor Fueralibros, tras haber hecho novillos todo el día, estaba apoltronado en el salón, en el mejor sofá de su madre, con sus botas de cuero encima de los cojines de satén, y sin otra cosa que hacer que chupar naranjas, ni otra cosa en el caletre que cuanto azúcar les pondría, cuando de pronto le ocurrió algo que lo lleno de asombro.

Una música suave se coló de pronto en la sala, y cuando más escuchaba más fuerte se oía, hasta que al final, pocos momentos después, un gran agujero se abrió en la pared del salón, y aparecieron ante él dos esplendorosas hadas, recién llegadas de sus castillos  de  aire,  que  querían  hacerle  una  visita. Habían hecho todo ese camino con el propósito de charlar con el señor Fueralibros, y de inmediato se presentaron de manera muy ceremoniosa.

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